miércoles, 10 de marzo de 2010

ilusiones delirantes

En un principio, la niebla acaeció. El brillo empezó paulatinamente a opacarse y a volverse un pequeño reflejo, y pasado el tiempo, simplemente se volvió una mancha gris detrás de la superficie rocosa. La superficie se fortaleció y se volvió aún increíblemente más dura, con lo que terminó por ser completamente impenetrable, y ese antiguo resplandor dejó ya siquiera de percibirse. No había ya nada más que la coraza, creada inicialmente para ser destruida, proyectada para proteger la luz; pero que la piedra finalmente ahogó en su extensión, hasta volverla sombra.
Quién sabe cuantas eternidades incuantificables pasaron hasta que la roca fue finalmente derribada en búsqueda de aquel fulgor interior; desperdigándose con ello una piedra oscura y fragmentada. ¿Era posible, a partir de esa gravilla insulsa e imprecisa, rescatar la sustancia inicial que parecía por siempre arruinada?

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